Estereotipo de madre y estereotipos de género

¿Tienen cabida en el estereotipo de madre las características de mujer sexual o feminista? Parece una obviedad que no son conceptos contrapuestos ¿cierto? Pero a la hora de la verdad, en los estereotipos de género que realizamos entran cualidades casi inamovibles. Y además para resolver ciertos conflictos aplicamos los estereotipos a subtipos de mujeres muy concretos.

Los estereotipos de género son creencias populares sobre características tanto positivas como negativas sobre hombres y mujeres, que se aplican indiscriminadamente a todos los hombres y a todas las mujeres.

Los subtipos aparecen cuando alguna persona no entra dentro del estereotipo que le correspondería. Así, entre mujeres los subtipos más comunes son el de tradicional o madre, independiente, sexy, profesional, deportista y feminista. Aunque otra forma de diferenciar subtipos puede ser sobre la base de la sexualidad: la pura y la promiscua. Isabel Cuadrado lo explica muy bien en su libro «Psicología Social».

Asímismo, Peter Gick y Susan Fiske, formulan la «Teoría del Sexismo Ambivalente», según la cual existen hacia las mujeres actitudes machistas positivas y negativas. Pero que no nos confunda la palabra positiva porque dichas actitudes van unidas a una concepción sexista.

Las encuadran como sexismo hostil: el más evidente que podemos reconocer con facilidad que se relaciona con la supremacía del hombre y se expresa abiertamente; y sexismo benévolo: que es más sutil y se basa en la idea de que hay que proteger a la mujer porque es débil, colocándola por tanto en una situación de inferioridad.

Entonces, para resolver la ambivalencia estos dos autores proponen que clasificaríamos a las mujeres en subtipos. E incluso en uno de sus estudios, allá por 1997, demuestran cómo se aplica el sexismo hostil a las mujeres con carrera y el benévolo a las amas de casa. De igual forma las mujeres categorizadas como promiscuas recibirían mayores tasas de sexismo hostil que de sexismo benévolo.

¿Cómo funcionan los estereotipos?

Los estereotipos tienen dos razones de ser principalmente. Por un lado sirven para ordenar y categorizar la información que nos llega a través de la percepción. Esto supone un trabajo de ahorro cognitivo muy importante que haríamos si tuviéramos que analizar continuamente todos los datos que recibimos. Por otro lado sirve para fundamentar los propios valores sobre los que evaluamos a los grupos sociales, incluidos aquellos con los que nos identificamos.

Así, los estereotipos tienen un componente cognitivo que nos permite identificar y encuadrar a los grupos sociales. Este componente hace que enseguida se active el «reconocimiento» del estereotipo de madre, el de feminista, el de profesional…

Tienen un componente afectivo relacionado con las emociones que suscitan los estereotipos. En otros estudios se muestra cómo en función de la calidez (simpatía, sociabilidad) y competencia (inteligencia, capacidad para conseguir metas) con las que se evalúa a un grupo, se generan distintas emociones. Así las mujeres profesionales o las feministas activan envidia y las tradicionales suscitan pena.

Por último tienen un tercer componente: el conductual. Este implica llevar a cabo acciones relacionadas con las emociones que suscitan. Por ejemplo excluir a una madre de un grupo (o a su hijo/a) de reuniones sociales por no encajar con el estereotipo de madre tradicional.

Las dimensiones de los estereotipos de género

Los estereotipos de género tienen dos dimensiones: descriptiva y prescriptiva.

La dimensión descriptiva es la que se pone en marcha cuando atribuimos características propias de hombres y propias de mujeres. Es decir, cómo creemos que son unos y cómo creemos que son otras.

La dimensión prescriptiva nos dice cómo deberían ser y cómo deberían comportarse los hombres y las mujeres. Y es esta última la que nos empuja a mantener la posición de privilegio y la de opresión, porque la justifica y la hace resistente al cambio.

Por lo tanto, los estereotipos de género actúan como un mecanismo de control que nos dicen cómo debemos ser y actuar.

A este respecto, Diana Burgess y Eugene Borgida pueden arrojar más luz en su artículo: Who Women Are, Who Women Should Be: Descriptive and Prescriptive Gender Stereotyping in Sex Discrimination.

Pero, ¿qué ocurre si nos salimos del estereotipo de madre? A modo de conclusión.

Como hemos visto, los estereotipos tienen una razón de ser. Nos sirven como ahorro cognitivo pero también para establecer y continuar en posiciones de desigualdad. Es decir, se usan para justificar la discriminación hacia ciertos grupos. Pero aún hay más, porque una vez establecidos son muy difíciles de cambiar. Por mucho que se presenten cualidades o situaciones que nos inviten a cambiar nuestra forma de pensar, tendemos a minimizarlas. Al contrario también sucede, pues le damos más peso a aquellas situaciones en las que se confirman.

Evidentemente los estereotipos se transmiten a través de la socialización y es urgente que cortemos con la cadena. Vamos a ser francas, el estereotipo de madre complaciente, asexual, entregada y sacrificada viene de largos siglos de patriarcado. El espacio reservado para las mujeres en general, y las madres en particular era el doméstico. De hecho, aún hoy en día cuesta separar los conceptos de mujer y maternidad porque era lo que se esperaba de nosotras.

¿Recuerdas la frase: «Es más fácil construir niñas/os fuertes que reparar adultas/os rotas/os? Pues se podría aplicar aquí también como «Es más fácil acabar con los estereotipos desde la infancia que cambiarlos en la adultez».

Después, las mujeres se fueron incorporando al ámbito laboral pero sin perder sus «responsabilidades» del hogar. De ahí nace el concepto de carga mental de las mujeres que Rita Abundancia define en este artículo como:

la labor de planificación, organización y toma de decisiones en el hogar la asumen mayoritariamente ellas. Un trabajo no reconocido que puede aumentar el estrés, la ansiedad y que es la base de muchos conflictos de pareja.

Entonces, lo que ocurre cuando intentamos cortar con el estereotipo de madre abnegada es que por un lado nos encontramos con aquella parte de la sociedad que no concibe una maternidad gozosa, con mujeres que deciden posponer un tiempo su carrera profesional y hacer de la maternidad un acto reivindicativo y político. Pareciera que esas mujeres no pudieran ser feministas.

Por otro lado nos encontramos con la represión sexual que vivimos las mujeres en general, pero que se acentúa en el caso de las madres, de las ancianas, de las discapacitadas… Y que de nuevo podemos contrarrestar a través de la educación sexual o de «la educación de los sexos y de los sexos en relación», como explicaba en este post Rebeca López Marcos.

Es nuestra responsabilidad llevar a cabo una educación continua desde la familia, abordándola cada día de forma natural pero también explícita a través de la literatura infantil, de referentes en el cine… Sin embargo, la infancia no solo socializa en entornos que podemos controlar.

¿Qué hay de la escuela, de los libros de texto, de los medios de comunicación? ¿Qué sucede con la publicidad y las películas infantiles? ¿Qué ocurre en el parque, en los comentarios de la gente de alrededor? ¿Qué herramientas tienen para conocer sobre las relaciones sexuales en la preadolescencia y adolescencia?

Desde luego, tenemos un gran trabajo por delante. Y no me voy a dar por vencida hasta que rompamos con los esquemas mentales sobre los estereotipos de género en general o el estereotipo de madre en particular. ¿Y tú?

2019-06-02T19:13:28+00:00

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